a) Se forma la asamblea: Ritos Introductorios Hemos llegado a la iglesia, buscamos un lugar que esté cerca del altar y nos preparamos para la misa. Es muy importante llegar con tiempo. Conviene tener unos momentos de oración y quietud antes de la celebración. El cantor nos invita a iniciar el canto justo antes de la entrada del sacerdote y de los ministros que lo acompañan. Todos nos ponemos de pie al empezar la celebración, ya que el Señor está presente en nuestra asamblea y también en la persona del obispo o del sacerdote que preside y que, en este momento, entra. Ante el altar todos ellos hacen una inclinación para mostrar su veneración, y los ministros ordenados lo besan, ya que son sus servidores y en él recuerdan al mismo Cristo.
Al llegar a la sede -su lugar propio como presidente de la celebración- el sacerdote invoca a la Trinidad con la señal de la cruz y saluda a la asamblea, diciendo: "El Señor esté con vosotros" (u otro saludo semejante). Todo el mundo responde: "Y con tu espíritu". Así reconocemos lo que antes decíamos: que Cristo está presente en todos los reunidos y en la persona del ministro ordenado. A continuación pedimos perdón de nuestros pecados y, así, humildemente, nos preparamos para recibir a Cristo. Si es domingo o una fiesta importante cantamos el himno del Gloria y, al terminar, el sacerdote, después de decir Oremos y de un momento de silencio, recita una oración, al término de la cual todo el mundo aclama: Amén.
Así estamos ya dispuestos para acoger la proclamación de la Palabra de Dios. En la misa podemos decir que se nos preparan dos mesas para que podamos alimentar nuestra vida cristiana. La primera de estas mesas es la de la Palabra de Dios. Es muy importante. Naturalmente que en casa, o en la catequesis, o en la escuela, también podemos leer la Biblia y aprender lo que nos dice, pero cuando en la celebración de la Eucaristía leemos sus páginas, hacemos mucho más: ¡celebramos la Palabra de Dios! Y, al hacerlo, estamos celebrando a Jesucristo, ya que Él es la misma Palabra que se hizo hombre. Por eso, cuando en la misa escuchamos las lecturas estamos escuchando a Cristo. De modo que hay que estar muy atentos. Ayuda mucho haber leído las lecturas en casa antes de escucharlas en la misa. Y, si alguna vez tenemos que proclamar la Palabra de Dios, tenemos que prepararnos bien, y recordar que por nuestra voz está hablando el Señor. ¡Qué responsabilidad y, al mismo tiempo, qué alegría! La primera lectura. En los domingos y las fiestas importantes, en la misa proclamamos tres lecturas. La primera, casi siempre (excepto en el tiempo pascual) es del Antiguo Testamento. Son narraciones de la historia del pueblo de Israel, de los escritos de los profetas, etc. Esta lectura, si la escuchamos con atención, nos prepara muy bien para comprender el evangelio que se nos leerá luego. Nos ayuda a descubrir de qué forma desde el tiempo del pueblo de Israel Dios preparaba la venida de su Hijo y su salvación. El sacerdote, en la predicación, nos ayudará a ver esa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con todo, nosotros, al escuchar la primera lectura -y más si la hemos leído antes en casa- ya nos disponemos a ver de qué modo estas palabras escritas hace tantos siglos se cumplen en Jesús.
Al terminar la lectura el lector dice solemnemente: Palabra de Dios, y toda la asamblea responde: Te alabamos, Señor. El salmo responsorial Después de la primera lectura, cantamos el salmo responsorial. El libro de los salmos es también del Antiguo Testamento, y recoge las oraciones más queridas e importantes porque forman parte de la Biblia y, así, nos hablan de Cristo. El mismo
Jesús las rezaba todos los días. Y se llama "responsorial" porque normalmente, en la misa, un salmista canta o lee el salmo, y todos respondemos una frase, como en un diálogo. Este momento, por tanto, dentro de la liturgia de la Palabra, no sólo es para escuchar sino también para rezar -con la misma palabra de Dios- en respuesta a la primera lectura que se nos ha proclamado.
Segunda lectura. Después de haber escuchado una lectura del Antiguo Testamento y haber rezado con las palabras del salmo, ahora nos disponemos a escuchar atentamente lo que nos dirá el apóstol. En el Nuevo Testamento tenemos algunas cartas que los apóstoles enviaban a los cristianos de su tiempo, explicando lo que significa ser cristiano; forman parte de la Biblia y, por tanto, son Palabra de Dios. Proclamamos con gusto las cartas de san Pablo, san Pedro, san Juan, etc., porque son los primeros testigos de las palabras y las obras de Jesús, y, sobre todo, de su muerte y resurrección. Así, siendo como somos una Iglesia Apostólica, cada vez que escuchamos las palabras de los apóstoles reafirmamos nuestra fe en Jesucristo. Al terminar también aquí el lector dice: Palabra de Dios con la misma respuesta de la asamblea.
El evangelio. En este momento la liturgia de la Palabra alcanza su culminación. Y lo expresamos con gestos y con mayor solemnidad. En primer lugar, el que proclama el evangelio es un ministro ordenado, un diácono o, si no lo hay, un sacerdote. Todos nos ponemos de pie para escuchar las mismas palabras de Cristo. Asimismo, si la celebración es solemne, podemos acompañar el libro del evangelio con cirios e incienso. El diácono - o el sacerdote- proclama el evangelio y, al terminar, aclama Palabra del Señor, y todos respondemos con otra aclamación: Gloria a ti, Señor Jesús. Una vez el ministro ha proclamado el evangelio, besa el libro (¡son las palabras de Cristo!). Con todos estos gestos, así como con el canto del aleluya que ha precedido a la lectura,queremosexpresarquelaproclamacióndelevangelioeselmomento culminante de esta primera parte de la misa.
La homilía. Después de haber escuchado la proclamación del evangelio, el sacerdote que preside, o bien algún otro ministro ordenado que concelebra, dirige a toda la asamblea unas palabras. Es la homilía. Así, explica lo que hemos escuchado en las lecturas bíblicas, para que podamos entenderlas bien, y nos ayuda a aplicarlas a nuestra vida de cada día. Estemomentodelamisatienetambiénmuchaimportancia.Nopodemos aprovechar este rato para ponernos a leer o para distraernos mirando a la gente, sino
que hay que prestar mucha atención, ya que en las palabras del sacerdote también nos está hablando el Señor a fin de mover nuestro corazón hacia Él. Si lo hacemos así, viviremos la celebración de la Eucaristía y toda la vida cristiana con más sentido evangélico.
La profesión de fe. Es lo que llamamos el Credo. Esta palabra latina quiere decir "Creo", y con ella comienza la profesión de fe. Una vez el sacerdote ha terminado la homilía, todos nos ponemos de pie, y, si es domingo o una solemnidad, a una sola voz recitamos esta
fórmula antiquísima en la que expresamos -con toda la Iglesia- qué es lo que creemos. Después de haber escuchado a Dios en las lecturas de su Palabra, ahora todos le respondemos diciendo que creemos en todo lo que nos ha revelado, en todo lo que
nos ha enseñado en la Sagrada Escritura y, especialmente, en la persona de su Hijo Jesucristo. Es como un diálogo. Dios habla y nosotros escuchamos; luego nosotros hablamos, manifestando nuestra fe, y Dios escucha complacido. Asimismo, es muy oportuno que en este momento de la misa digamos el Credo, porque estamos a punto de ir hacia el altar, donde se realizará el gran milagro de la Eucaristía, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, fuente y cumbre de nuestra vida defe. Es una magnífica forma de prepararnos.
La oración de los fieles .Antes de llevar las ofrendas al altar y comenzar así la liturgia eucarística, tiene lugar la oración de los fieles. Es un momento importante. En ella todos los que estamos reunidosenasambleacristiana,nosacordamosdenuestrospastores,elPapa, nuestro obispo y los demás obispos; también pedimos por toda la Iglesia, y para que haya paz en el mundo y prosperidad, así como por todos los hombres y mujeres, hermanos nuestros, que sufren por algún motivo. Para todos pedimos la ayuda de
nuestro Dios. También rezamos por nuestros difuntos, para que sus pecados sean perdonados y puedan ser felices en el cielo. Y, claro está, no nos olvidamos de los que estamos en misa en aquel momento. También por nosotros intercedemos pidiendo la
bendición del Señor. Como hemos dicho antes, es una plegaria muy importante, y por eso hay que hacerla bien. No podemos dejarla a la improvisación del momento, ni tampoco hacerla a toda prisa, sin prestarle atención. A cada intención todos respondemos, a una sola voz y con todo el deseo de ser escuchados por el Señor, la respuesta que nos
indiquen: Te rogamos, óyenos; Te lo pedimos, Señor; etc.
La respuesta también puede cantarse. Así le damos solemnidad y nos ayuda a recordar la importancia de este momento.
b) La liturgia de la Palabra
En la misa podemos decir que se nos preparan dos mesas para que podamos alimentar nuestra vida cristiana. La primera de estas mesas es la de la Palabra de Dios. Es muy importante. Naturalmente que en casa, o en la catequesis, o en la escuela, también podemos leer la Biblia y aprender lo que nos dice, pero cuando en la celebración de la Eucaristía leemos sus páginas, hacemos mucho más: ¡celebramos la Palabra de Dios! Y, al hacerlo, estamos celebrando a Jesucristo, ya que Él es la misma Palabra que se hizo hombre. Por eso, cuando en la misa escuchamos las lecturas estamos escuchando a Cristo. De modo que hay que estar muy atentos. Ayuda mucho haber leído las lecturas en casa antes de escucharlas en la misa. Y, si alguna vez tenemos que proclamar la Palabra de Dios, tenemos que prepararnos bien, y recordar que por nuestra voz está hablando el Señor. ¡Qué responsabilidad y, al mismo tiempo, qué alegría! La primera lectura. En los domingos y las fiestas importantes, en la misa proclamamos tres lecturas. La primera, casi siempre (excepto en el tiempo pascual) es del Antiguo Testamento. Son narraciones de la historia del pueblo de Israel, de los escritos de los profetas, etc. Esta lectura, si la escuchamos con atención, nos prepara muy bien para comprender el evangelio que se nos leerá luego. Nos ayuda a descubrir de qué forma desde el tiempo del pueblo de Israel Dios preparaba la venida de su Hijo y su salvación. El sacerdote, en la predicación, nos ayudará a ver esa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con todo, nosotros, al escuchar la primera lectura -y más si la hemos leído antes en casa- ya nos disponemos a ver de qué modo estas palabras escritas hace tantos siglos se cumplen en Jesús. Segunda lectura. Después de haber escuchado una lectura del Antiguo Testamento y haber rezado con las palabras del salmo, ahora nos disponemos a escuchar atentamente lo que nos dirá el apóstol. En el Nuevo Testamento tenemos algunas cartas que los apóstoles enviaban a los cristianos de su tiempo, explicando lo que significa ser cristiano; forman parte de la Biblia y, por tanto, son Palabra de Dios. Proclamamos con gusto las cartas de san Pablo, san Pedro, san Juan, etc., porque son los primeros testigos de las palabras y las obras de Jesús, y, sobre todo, de su muerte y resurrección. Así, siendo como somos una Iglesia Apostólica, cada vez que escuchamos las palabras de los apóstoles reafirmamos nuestra fe en Jesucristo. Al terminar también aquí el lector dice: Palabra de Dios con la misma respuesta de la asamblea.
El evangelio. En este momento la liturgia de la Palabra alcanza su culminación. Y lo expresamos con gestos y con mayor solemnidad. En primer lugar, el que proclama el evangelio es un ministro ordenado, un diácono o, si no lo hay, un sacerdote. Todos nos ponemos de pie para escuchar las mismas palabras de Cristo. Asimismo, si la celebración es solemne, podemos acompañar el libro del evangelio con cirios e incienso. El diácono - o el sacerdote- proclama el evangelio y, al terminar, aclama Palabra del Señor, y todos respondemos con otra aclamación: Gloria a ti, Señor Jesús. Una vez el ministro ha proclamado el evangelio, besa el libro (¡son las palabras de Cristo!). Con todos estos gestos, así como con el canto del aleluya que ha precedido a la lectura,queremosexpresarquelaproclamacióndelevangelioeselmomento culminante de esta primera parte de la misa.
La homilía. Después de haber escuchado la proclamación del evangelio, el sacerdote que preside, o bien algún otro ministro ordenado que concelebra, dirige a toda la asamblea unas palabras. Es la homilía. Así, explica lo que hemos escuchado en las lecturas bíblicas, para que podamos entenderlas bien, y nos ayuda a aplicarlas a nuestra vida de cada día. Estemomentodelamisatienetambiénmuchaimportancia.Nopodemos aprovechar este rato para ponernos a leer o para distraernos mirando a la gente, sino
que hay que prestar mucha atención, ya que en las palabras del sacerdote también nos está hablando el Señor a fin de mover nuestro corazón hacia Él. Si lo hacemos así, viviremos la celebración de la Eucaristía y toda la vida cristiana con más sentido evangélico.
La profesión de fe. Es lo que llamamos el Credo. Esta palabra latina quiere decir "Creo", y con ella comienza la profesión de fe. Una vez el sacerdote ha terminado la homilía, todos nos ponemos de pie, y, si es domingo o una solemnidad, a una sola voz recitamos esta
fórmula antiquísima en la que expresamos -con toda la Iglesia- qué es lo que creemos. Después de haber escuchado a Dios en las lecturas de su Palabra, ahora todos le respondemos diciendo que creemos en todo lo que nos ha revelado, en todo lo que
nos ha enseñado en la Sagrada Escritura y, especialmente, en la persona de su Hijo Jesucristo. Es como un diálogo. Dios habla y nosotros escuchamos; luego nosotros hablamos, manifestando nuestra fe, y Dios escucha complacido. Asimismo, es muy oportuno que en este momento de la misa digamos el Credo, porque estamos a punto de ir hacia el altar, donde se realizará el gran milagro de la Eucaristía, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, fuente y cumbre de nuestra vida defe. Es una magnífica forma de prepararnos.
La oración de los fieles .Antes de llevar las ofrendas al altar y comenzar así la liturgia eucarística, tiene lugar la oración de los fieles. Es un momento importante. En ella todos los que estamos reunidosenasambleacristiana,nosacordamosdenuestrospastores,elPapa, nuestro obispo y los demás obispos; también pedimos por toda la Iglesia, y para que haya paz en el mundo y prosperidad, así como por todos los hombres y mujeres, hermanos nuestros, que sufren por algún motivo. Para todos pedimos la ayuda de
nuestro Dios. También rezamos por nuestros difuntos, para que sus pecados sean perdonados y puedan ser felices en el cielo. Y, claro está, no nos olvidamos de los que estamos en misa en aquel momento. También por nosotros intercedemos pidiendo la
bendición del Señor. Como hemos dicho antes, es una plegaria muy importante, y por eso hay que hacerla bien. No podemos dejarla a la improvisación del momento, ni tampoco hacerla a toda prisa, sin prestarle atención. A cada intención todos respondemos, a una sola voz y con todo el deseo de ser escuchados por el Señor, la respuesta que nos
indiquen: Te rogamos, óyenos; Te lo pedimos, Señor; etc.
La respuesta también puede cantarse. Así le damos solemnidad y nos ayuda a recordar la importancia de este momento.
c) La Liturgia Eucarística Comienza la segunda parte de la misa. Ya hemos dicho que en la celebración se nos preparan dos mesas: la primera es la de la Palabra, y la centramos especialmente en torno al ambón desde el que se proclaman las lecturas. Ahora, en la liturgia eucarística, nos disponemos a participar de la segunda mesa, la del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y el lugar es el altar. Para comprender el desarrollo de esta parte de la misa, podemos recordar las palabras del evangelio, cuando nos cuentan lo que hizo Jesús durante la última cena con sus apóstoles. Sentados a la mesa, el Señor "tomó el pan, pronunció la acción de gracias, lo partió, y lo dio a sus discípulos". Estos cuatro gestos son los que hacemos en la liturgia eucarística. Y aquí, la importancia del sacerdote es capital. Él hace lo que hizo Jesús y dice lo que dijo Jesús. Es otro Cristo. Diréis que esto es muy grande. Y tenéis razón. Ser sacerdote es algo muy grande. Por eso los que han sido llamados por el Señor con esta vocación dan continuas gracias a Dios.
Tomó el pan El diácono -o el mismo presidente- prepara el altar. En las fiestas importantes, algunos miembros de la comunidad llevan en procesión el pan y el vino para la Eucaristía. El sacerdote lo acoge, puesto que él es un servidor del pueblo de Dios, de la comunidad. También, a veces, en este momento se presenta lo que se ha recogido para los hermanos que sufren la pobreza, para significar que la Eucaristía nos tiene que mover a la caridad sincera y generosa. A continuación, cuando el pan y el vino -mezclado con un poco de agua, como hizo Jesús- están ya preparados, el sacerdote toma primero uno y luego otro y, en silencio, dice una oración a Dios; algunos días solemnes, perfuma también esos dones con el incienso, así como el altar, la asamblea, y él mismo. Todos unidos como una sola cosa en torno al altar. Terminado este rito, el sacerdote se lava las manos. No porque las tenga sucias, sino para acompañar con este rito una oración pidiendo a Dios que perdone sus pecados, porque se dispone a comenzar la gran oración de la
Iglesia. Así se prepara. El agua que limpia las manos es una imagen de la gracia de Dios que purifica su corazón. Con estas palabras y estos gestos hemos desarrollado la primera frase: "Tomó el pan". Pronunció la acción de gracias (1) Ahora comienza la plegaria eucarística, el punto culminante de toda la misa. En ella el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Se comienza con un diálogo entre el sacerdote y la comunidad: "El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu ". Luego invita a todos a levantar los corazones a Dios, a no pensar en nada más que en lo que va a suceder ahora; por eso dice: "Levantemos el corazón".Ytodoelmundoresponde:"LotenemoslevantadohaciaelSeñor". Finalmente, invita a toda la asamblea a rezar con él: "Demos gracias al Señor nuestro Dios ", y todo el mundo contesta: "Es justo y necesario".Deestamanera,conestediálogo,todosnosdamoscuentadela importancia de lo que ahora vamos a hacer y de que no se trata de algo privado del sacerdote, sino de toda la comunidad. Todos tenemos que participar muy activamente.
Pronunció la acción de gracias (2) Después del diálogo introductorio, el sacerdote proclama el prefacio. Con él da gracias a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros, por nuestra salvación. Son unas palabras muy alegres, solemnes, que ponen a toda la comunidad en una actitud de
verdaderaalegríacristiana.Deahíque, losdomingos ydíasdefiesta, seatan adecuado que el sacerdote lo cante. Este texto termina con el canto, por parte de toda la comunidad, del Santo, santo, santo. Con estas palabras nos damos cuenta de que la oración nos ha situado en
presencia de la majestad de Dios, e imitamos a los ángeles y los santos que, en el cielo, adoran y alaban al Señor sin cesar y son felices eternamente. Alrededor del altar de la tierra, saboreamos ya la alegría del cielo, donde veremos a Dios cara a cara y nuestra alegría será inmensa, para siempre.
Pronunció la acción de gracias (3) Después del Santo, santo, santo, prosigue la plegaria, y es entonces cuando el sacerdote invoca al Espíritu Santo sobre el pan y el vino, y a continuación repite las palabras de Jesús en la última cena: "Tomad y comed todos de él, porque esto es mi
Cuerpo... Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre...". A partir de este momento el pan ya es el Cuerpo de Cristo, y el vino su Sangre, y el sacerdote los muestra a la comunidad para que todo el mundo pueda ver y adorar en el fondo de su corazón la presencia del Señor. Terminada la consagración, toda la asamblea proclama el misterio de la fe que allí seharealizado,aclamando(cantándolo,siesposible):"Anunciamostumuerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Luego, el sacerdote recuerda esa muerteyresurreccióndeJesús,ofrecealPadre"elpandevidayelcálizde salvación", y pide que el Espíritu Santo (el mismo que acaba de consagrar el pan y el vino) una en un solo cuerpo a todos los que participarán de él.
Pronunció la acción de gracias (y 4) Esta gran plegaria de acción de gracias llega ya a su conclusión. El sacerdote recuerda a los vivos, especialmente el Papa y el propio obispo, a los que están en la Iglesia en este momento y a los ausentes, pidiendo la intercesión de los santos; y también pide por los difuntos, para los que suplica la luz de la mirada de Dios. Y seguidamente, el sacerdote toma la patena con el Cuerpo del Señor, y el cáliz consuSangre,y,elevándolosalavistadetodos,acabalaoraciónalPadre proclamando: "Por Cristo, con él y en él, a ti. Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos".Y toda la comunidad, a una sola voz, dice el Amén que acaba la plegaria eucarística. Una palabra muy breve, pero muy importante porque es toda una profesión de fe y una adhesión a lo que el sacerdote ha dicho. Por eso hay que decir ese Amén en voz alta y clara. Este Amén comunitario concluye la oración principal de la misa, en la que el pan y
el vino se han convertido en Cuerpo y Sangre de Cristo. Así estamos ya en disposición de comulgar. Con estas palabras y estos gestos hemos desarrollado la frase "Pronunció la acción de gracias".
Lo partió
Sobre el altar se ha realizado el mayor milagro: el pan y el vino se han convertido en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Ahora nos disponemos a participar de él en la comunión. Por eso nos preparamos rezando el Padrenuestro; ahí pedimos que el Señor nos dé hoy el pan de cada día, que aquí se refiere a la Eucaristía, y que nos perdone las culpas, de modo que podamos comulgar como es debido, alejados del pecado. Y aún, para mostrar que tenemos en nuestro corazón sentimientos de paz y de perdón, intercambiamos, unos con otros, un gesto de paz. Es muy importante recordar en este momento que no podemos celebrar la Eucaristía si no tenemos la caridad en nosotros; que no podemos acoger a Cristo presente en el pan y el vino consagrados y, al mismo tiempo, rechazar a Cristo presente en los hermanos. Este rito -realizado con respeto y sencillez, con los que tenemos al lado- nos lo recuerda y lo
quiere manifestar. Después de esto, el sacerdote realiza el importante gesto del Señor de partir el pan. Hay que estar atentos, y no distraerse con nada ni con nadie. Mientras cantamos la letanía "Cordero de Dios", miramos cómo es roto el Cuerpo de Cristo, como un día fue también "roto" en la cruz. Este gesto con razón impresionaba a los primeros cristianos, hasta el punto de que llamaban a toda la celebración "la fracción del pan". También
nosotros, cuando el sacerdote parte el pan, vemos en este gesto a Cristo que da su vida para la salvación de todos los hombres.
Y lo dio a sus discípulos: la comunión Hemosllegadoalmomentodelacomunión.Elsacerdotemuestraelpan consagrado y partido a la comunidad, y dice: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los llamados a la mesa del Señor. Y toda la asamblea contesta: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Fijémonos que ahora hablamos en singular. No decimos "no somos
dignos", sino "no soy digno", ya que en la comunión el Señor se nos da a cada uno, personalmente. El sacerdote, entonces, comulga y, seguidamente, hace lo que hizo el Señor: dar el pan consagrado a los discípulos, diciendo a cada uno: El Cuerpo de Cristo. Y cada uno contesta: Amén. Este Amen es también muy importante. Lo que hemos dicho antes era comunitario, ahora lo pronuncia cada uno. La fe en Cristo es al mismo tiempo personal y comunitaria. Y eso en la misa se ve muy bien. Y lo mismo hacemos también si se nos da a comulgar el cáliz. Hemos desarrollado ya los cuatro momentos de toda la liturgia eucarística. Después de comulgar, en un breve momento de silencio, cada uno agradece en su interior que
el Señor haya querido venir a nuestra casa, es decir, a nuestra vida.
d) Nos Despedimos
Cuando ha terminado la comunión, el sacerdote vuelve al altar, o a la sede, y desde allí pronuncia la última oración. Luego bendice a todos invocando a la Santísima Trinidad, mientras hace la señal de la cruz, y luego el diácono -o el mismo sacerdote- despide a la asamblea: "Podéis ir en paz". Con ello se quiere significar que la celebración ha terminado, y que tenemos que llevar a nuestra actividad de cada día todo lo que hemos visto y oído: la Palabra de Dios y la Eucaristía. Y para recibir ayuda y fortaleza para vivir evangélicamente se nos da la bendición. Cada uno sale de la iglesia con el corazón renovado, y con más ganas de ser como Jesús, muy fieles a la voluntad de Dios, más creyentes y más capaces de amar como
el Maestro nos ha enseñado con sus palabras y su ejemplo. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos", dice Jesús.
En la misa renovamos sacramentalmente esta entrega que hizo Jesucristo de su Vida por nosotros, sus amigos. ¡Cómo nos ama Dios!
ACTIVIDAD:
OBJETIVO DE CONOCIMIENTO: Resumir de manera general las distintas presencias de Jesús resaltando la de la Eucaristía. OBJETIVO DE ACTITUD: Redescubrir la presencia de Jesús Eucaristía y darlo a conocer. TRAS LA PISTA: Juego del escondite. BUENA NOTICIA: Los discípulos de Emaús. Lc. 24, 13-35 ME PONGO AL DÍA: Cuando jugamos al escondite tratamos de buscar pistas y de sorprender a los amigos, sabemos que está, aunque no lo veamos pero seguimos buscando hasta encontrarlo. Jesús también juega al escondite, no lo vemos como lo vieron sus amigos los apóstoles, pero sí sabemos que está entre nosotros. Él mismo nos da la pista, ¿donde encontraremos muchas cosas sobre la vida de Jesús?... suspenso... EVANGELIO
- Leer aquí el texto de Lc. 24,13-35, hacerlo con expresividad especialmente en los diálogos. Sería conveniente que lo representen como teatro.
·¿Por qué estaban tristes los discípulos? ·¿Por qué no reconocieron a Jesús? ·¿Qué hace Jesús al cenar con ellos? ·¿Por qué desaparece de su vista?
Jesús quería vivir siempre con sus amigos, por eso después de la Resurrección se quedó con ellos. Está vivo entre nosotros y no lo reconocemos, eso le pasó a los discípulos de Emaús. Jesús al partir el pan, como hizo otras veces, les dió a entender que su presencia a partir de ese momento sería de otra manera. Ahora comenzaría el juego del escondite. Él nos hablo de varias maneras de estar entre nosotros, ¿lo recordamos?. Lo encontramos en: 1.LA ESCUCHA DE SU PALABRA (Salmo 118) 2.LA COMUNIDAD o CUANDO NOS REUNIMOS EN SU NOMBRE: (Mt 18-20) 3.EN TODAS LAS PERSONAS (en especial los mas necesitados): Mt. 25,37-40 4.EN LA EUCARISTiA: Jn. 6,56-57 (presencia por excelencia)
Cuando pensamos en alguien la hacemos presente en el corazón, esa persona está cerca aunque no físicamente pero
mucho más nos gusta tenerla presente estar con esa persona para hablar, reír o jugar con ella. Después de su resurrección, Jesús eligió quedarse para siempre entre nosotros de una manera especial (Mt. 20,28)así lo hemos visto en estas cuatro presencias, pero recordemos..., en la Eucaristía Jesús está realmente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, esto es ¡maravilloso!, porque nos AMA.
Para reforzar lo aprendido vean el esquema de la misa, y un mapa conceptual.
Las Partes de la celebración de la Eucaristía
a) Se forma la asamblea: Ritos Introductorios
Hemos llegado a la iglesia, buscamos un lugar que esté cerca del altar y nos preparamos para la misa. Es muy importante llegar con tiempo. Conviene tener unos momentos de oración y quietud antes de la celebración. El cantor nos invita a iniciar el canto justo antes de la entrada del sacerdote y de los ministros que lo acompañan. Todos nos ponemos de pie al empezar la celebración, ya que el Señor está presente en nuestra asamblea y también en la persona del obispo o del sacerdote que preside y que, en este momento, entra. Ante el altar todos ellos hacen una inclinación para mostrar su veneración, y los ministros ordenados lo besan, ya que son sus servidores y en él recuerdan al mismo Cristo.
Al llegar a la sede -su lugar propio como presidente de la celebración- el sacerdote invoca a la Trinidad con la señal de la cruz y saluda a la asamblea, diciendo: "El Señor esté con vosotros" (u otro saludo semejante). Todo el mundo responde: "Y con tu espíritu". Así reconocemos lo que antes decíamos: que Cristo está presente en todos los reunidos y en la persona del ministro ordenado. A continuación pedimos perdón de nuestros pecados y, así, humildemente, nos preparamos para recibir a Cristo. Si es domingo o una fiesta importante cantamos el himno del Gloria y, al terminar, el sacerdote, después de decir Oremos y de un momento de silencio, recita una oración, al término de la cual todo el mundo aclama: Amén.
Así estamos ya dispuestos para acoger la proclamación de la Palabra de Dios.
En la misa podemos decir que se nos preparan dos mesas para que podamos alimentar nuestra vida cristiana. La primera de estas mesas es la de la Palabra de Dios. Es muy importante. Naturalmente que en casa, o en la catequesis, o en la escuela, también podemos leer la Biblia y aprender lo que nos dice, pero cuando en la celebración de la Eucaristía leemos sus páginas, hacemos mucho más: ¡celebramos la Palabra de Dios! Y, al hacerlo, estamos celebrando a Jesucristo, ya que Él es la misma Palabra que se hizo hombre. Por eso, cuando en la misa escuchamos las lecturas estamos escuchando a Cristo. De modo que hay que estar muy atentos. Ayuda mucho haber leído las lecturas en casa antes de escucharlas en la misa. Y, si alguna vez tenemos que proclamar la Palabra de Dios, tenemos que prepararnos bien, y recordar que por nuestra voz está hablando el Señor. ¡Qué responsabilidad y, al mismo tiempo, qué alegría! La primera lectura. En los domingos y las fiestas importantes, en la misa proclamamos tres lecturas. La primera, casi siempre (excepto en el tiempo pascual) es del Antiguo Testamento. Son narraciones de la historia del pueblo de Israel, de los escritos de los profetas, etc. Esta lectura, si la escuchamos con atención, nos prepara muy bien para comprender el evangelio que se nos leerá luego. Nos ayuda a descubrir de qué forma desde el tiempo del pueblo de Israel Dios preparaba la venida de su Hijo y su salvación. El sacerdote, en la predicación, nos ayudará a ver esa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con todo, nosotros, al escuchar la primera lectura -y más si la hemos leído antes en casa- ya nos disponemos a ver de qué modo estas palabras escritas hace tantos siglos se cumplen en Jesús.
Al terminar la lectura el lector dice solemnemente: Palabra de Dios, y toda la asamblea responde: Te alabamos, Señor. El salmo responsorial Después de la primera lectura, cantamos el salmo responsorial. El libro de los salmos es también del Antiguo Testamento, y recoge las oraciones más queridas e importantes porque forman parte de la Biblia y, así, nos hablan de Cristo. El mismo
Jesús las rezaba todos los días. Y se llama "responsorial" porque normalmente, en la misa, un salmista canta o lee el salmo, y todos respondemos una frase, como en un diálogo. Este momento, por tanto, dentro de la liturgia de la Palabra, no sólo es para escuchar sino también para rezar -con la misma palabra de Dios- en respuesta a la primera lectura que se nos ha proclamado.
Segunda lectura. Después de haber escuchado una lectura del Antiguo Testamento y haber rezado con las palabras del salmo, ahora nos disponemos a escuchar atentamente lo que nos dirá el apóstol. En el Nuevo Testamento tenemos algunas cartas que los apóstoles enviaban a los cristianos de su tiempo, explicando lo que significa ser cristiano; forman parte de la Biblia y, por tanto, son Palabra de Dios. Proclamamos con gusto las cartas de san Pablo, san Pedro, san Juan, etc., porque son los primeros testigos de las palabras y las obras de Jesús, y, sobre todo, de su muerte y resurrección. Así, siendo como somos una Iglesia Apostólica, cada vez que escuchamos las palabras de los apóstoles reafirmamos nuestra fe en Jesucristo. Al terminar también aquí el lector dice: Palabra de Dios con la misma respuesta de la asamblea.
El evangelio. En este momento la liturgia de la Palabra alcanza su culminación. Y lo expresamos con gestos y con mayor solemnidad. En primer lugar, el que proclama el evangelio es un ministro ordenado, un diácono o, si no lo hay, un sacerdote. Todos nos ponemos de pie para escuchar las mismas palabras de Cristo. Asimismo, si la celebración es solemne, podemos acompañar el libro del evangelio con cirios e incienso. El diácono - o el sacerdote- proclama el evangelio y, al terminar, aclama Palabra del Señor, y todos respondemos con otra aclamación: Gloria a ti, Señor Jesús. Una vez el ministro ha proclamado el evangelio, besa el libro (¡son las palabras de Cristo!). Con todos estos gestos, así como con el canto del aleluya que ha precedido a la lectura, queremos expresar que la proclamación del evangelio es el momento culminante de esta primera parte de la misa.
La homilía. Después de haber escuchado la proclamación del evangelio, el sacerdote que preside, o bien algún otro ministro ordenado que concelebra, dirige a toda la asamblea unas palabras. Es la homilía. Así, explica lo que hemos escuchado en las lecturas bíblicas, para que podamos entenderlas bien, y nos ayuda a aplicarlas a nuestra vida de cada día. Este momento de la misa tiene también mucha importancia. No podemos aprovechar este rato para ponernos a leer o para distraernos mirando a la gente, sino
que hay que prestar mucha atención, ya que en las palabras del sacerdote también nos está hablando el Señor a fin de mover nuestro corazón hacia Él. Si lo hacemos así, viviremos la celebración de la Eucaristía y toda la vida cristiana con más sentido evangélico.
La profesión de fe. Es lo que llamamos el Credo. Esta palabra latina quiere decir "Creo", y con ella comienza la profesión de fe. Una vez el sacerdote ha terminado la homilía, todos nos ponemos de pie, y, si es domingo o una solemnidad, a una sola voz recitamos esta
fórmula antiquísima en la que expresamos -con toda la Iglesia- qué es lo que creemos. Después de haber escuchado a Dios en las lecturas de su Palabra, ahora todos le respondemos diciendo que creemos en todo lo que nos ha revelado, en todo lo que
nos ha enseñado en la Sagrada Escritura y, especialmente, en la persona de su Hijo Jesucristo. Es como un diálogo. Dios habla y nosotros escuchamos; luego nosotros hablamos, manifestando nuestra fe, y Dios escucha complacido. Asimismo, es muy oportuno que en este momento de la misa digamos el Credo, porque estamos a punto de ir hacia el altar, donde se realizará el gran milagro de la Eucaristía, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, fuente y cumbre de nuestra vida defe. Es una magnífica forma de prepararnos.
La oración de los fieles .Antes de llevar las ofrendas al altar y comenzar así la liturgia eucarística, tiene lugar la oración de los fieles. Es un momento importante. En ella todos los que estamos reunidos en asamblea cristiana, nos acordamos de nuestros pastores, el Papa, nuestro obispo y los demás obispos; también pedimos por toda la Iglesia, y para que haya paz en el mundo y prosperidad, así como por todos los hombres y mujeres, hermanos nuestros, que sufren por algún motivo. Para todos pedimos la ayuda de
nuestro Dios. También rezamos por nuestros difuntos, para que sus pecados sean perdonados y puedan ser felices en el cielo. Y, claro está, no nos olvidamos de los que estamos en misa en aquel momento. También por nosotros intercedemos pidiendo la
bendición del Señor. Como hemos dicho antes, es una plegaria muy importante, y por eso hay que hacerla bien. No podemos dejarla a la improvisación del momento, ni tampoco hacerla a toda prisa, sin prestarle atención. A cada intención todos respondemos, a una sola voz y con todo el deseo de ser escuchados por el Señor, la respuesta que nos
indiquen: Te rogamos, óyenos; Te lo pedimos, Señor; etc.
La respuesta también puede cantarse. Así le damos solemnidad y nos ayuda a recordar la importancia de este momento.
b) La liturgia de la Palabra
En la misa podemos decir que se nos preparan dos mesas para que podamos alimentar nuestra vida cristiana. La primera de estas mesas es la de la Palabra de Dios. Es muy importante. Naturalmente que en casa, o en la catequesis, o en la escuela, también podemos leer la Biblia y aprender lo que nos dice, pero cuando en la celebración de la Eucaristía leemos sus páginas, hacemos mucho más: ¡celebramos la Palabra de Dios! Y, al hacerlo, estamos celebrando a Jesucristo, ya que Él es la misma Palabra que se hizo hombre. Por eso, cuando en la misa escuchamos las lecturas estamos escuchando a Cristo. De modo que hay que estar muy atentos. Ayuda mucho haber leído las lecturas en casa antes de escucharlas en la misa. Y, si alguna vez tenemos que proclamar la Palabra de Dios, tenemos que prepararnos bien, y recordar que por nuestra voz está hablando el Señor. ¡Qué responsabilidad y, al mismo tiempo, qué alegría! La primera lectura. En los domingos y las fiestas importantes, en la misa proclamamos tres lecturas. La primera, casi siempre (excepto en el tiempo pascual) es del Antiguo Testamento. Son narraciones de la historia del pueblo de Israel, de los escritos de los profetas, etc. Esta lectura, si la escuchamos con atención, nos prepara muy bien para comprender el evangelio que se nos leerá luego. Nos ayuda a descubrir de qué forma desde el tiempo del pueblo de Israel Dios preparaba la venida de su Hijo y su salvación. El sacerdote, en la predicación, nos ayudará a ver esa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con todo, nosotros, al escuchar la primera lectura -y más si la hemos leído antes en casa- ya nos disponemos a ver de qué modo estas palabras escritas hace tantos siglos se cumplen en Jesús.
Segunda lectura. Después de haber escuchado una lectura del Antiguo Testamento y haber rezado con las palabras del salmo, ahora nos disponemos a escuchar atentamente lo que nos dirá el apóstol. En el Nuevo Testamento tenemos algunas cartas que los apóstoles enviaban a los cristianos de su tiempo, explicando lo que significa ser cristiano; forman parte de la Biblia y, por tanto, son Palabra de Dios. Proclamamos con gusto las cartas de san Pablo, san Pedro, san Juan, etc., porque son los primeros testigos de las palabras y las obras de Jesús, y, sobre todo, de su muerte y resurrección. Así, siendo como somos una Iglesia Apostólica, cada vez que escuchamos las palabras de los apóstoles reafirmamos nuestra fe en Jesucristo. Al terminar también aquí el lector dice: Palabra de Dios con la misma respuesta de la asamblea.
El evangelio. En este momento la liturgia de la Palabra alcanza su culminación. Y lo expresamos con gestos y con mayor solemnidad. En primer lugar, el que proclama el evangelio es un ministro ordenado, un diácono o, si no lo hay, un sacerdote. Todos nos ponemos de pie para escuchar las mismas palabras de Cristo. Asimismo, si la celebración es solemne, podemos acompañar el libro del evangelio con cirios e incienso. El diácono - o el sacerdote- proclama el evangelio y, al terminar, aclama Palabra del Señor, y todos respondemos con otra aclamación: Gloria a ti, Señor Jesús. Una vez el ministro ha proclamado el evangelio, besa el libro (¡son las palabras de Cristo!). Con todos estos gestos, así como con el canto del aleluya que ha precedido a la lectura, queremos expresar que la proclamación del evangelio es el momento culminante de esta primera parte de la misa.
La homilía. Después de haber escuchado la proclamación del evangelio, el sacerdote que preside, o bien algún otro ministro ordenado que concelebra, dirige a toda la asamblea unas palabras. Es la homilía. Así, explica lo que hemos escuchado en las lecturas bíblicas, para que podamos entenderlas bien, y nos ayuda a aplicarlas a nuestra vida de cada día. Este momento de la misa tiene también mucha importancia. No podemos aprovechar este rato para ponernos a leer o para distraernos mirando a la gente, sino
que hay que prestar mucha atención, ya que en las palabras del sacerdote también nos está hablando el Señor a fin de mover nuestro corazón hacia Él. Si lo hacemos así, viviremos la celebración de la Eucaristía y toda la vida cristiana con más sentido evangélico.
La profesión de fe. Es lo que llamamos el Credo. Esta palabra latina quiere decir "Creo", y con ella comienza la profesión de fe. Una vez el sacerdote ha terminado la homilía, todos nos ponemos de pie, y, si es domingo o una solemnidad, a una sola voz recitamos esta
fórmula antiquísima en la que expresamos -con toda la Iglesia- qué es lo que creemos. Después de haber escuchado a Dios en las lecturas de su Palabra, ahora todos le respondemos diciendo que creemos en todo lo que nos ha revelado, en todo lo que
nos ha enseñado en la Sagrada Escritura y, especialmente, en la persona de su Hijo Jesucristo. Es como un diálogo. Dios habla y nosotros escuchamos; luego nosotros hablamos, manifestando nuestra fe, y Dios escucha complacido. Asimismo, es muy oportuno que en este momento de la misa digamos el Credo, porque estamos a punto de ir hacia el altar, donde se realizará el gran milagro de la Eucaristía, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, fuente y cumbre de nuestra vida defe. Es una magnífica forma de prepararnos.
La oración de los fieles .Antes de llevar las ofrendas al altar y comenzar así la liturgia eucarística, tiene lugar la oración de los fieles. Es un momento importante. En ella todos los que estamos reunidos en asamblea cristiana, nos acordamos de nuestros pastores, el Papa, nuestro obispo y los demás obispos; también pedimos por toda la Iglesia, y para que haya paz en el mundo y prosperidad, así como por todos los hombres y mujeres, hermanos nuestros, que sufren por algún motivo. Para todos pedimos la ayuda de
nuestro Dios. También rezamos por nuestros difuntos, para que sus pecados sean perdonados y puedan ser felices en el cielo. Y, claro está, no nos olvidamos de los que estamos en misa en aquel momento. También por nosotros intercedemos pidiendo la
bendición del Señor. Como hemos dicho antes, es una plegaria muy importante, y por eso hay que hacerla bien. No podemos dejarla a la improvisación del momento, ni tampoco hacerla a toda prisa, sin prestarle atención. A cada intención todos respondemos, a una sola voz y con todo el deseo de ser escuchados por el Señor, la respuesta que nos
indiquen: Te rogamos, óyenos; Te lo pedimos, Señor; etc.
La respuesta también puede cantarse. Así le damos solemnidad y nos ayuda a recordar la importancia de este momento.
c) La Liturgia Eucarística
Comienza la segunda parte de la misa. Ya hemos dicho que en la celebración se nos preparan dos mesas: la primera es la de la Palabra, y la centramos especialmente en torno al ambón desde el que se proclaman las lecturas. Ahora, en la liturgia eucarística, nos disponemos a participar de la segunda mesa, la del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y el lugar es el altar. Para comprender el desarrollo de esta parte de la misa, podemos recordar las palabras del evangelio, cuando nos cuentan lo que hizo Jesús durante la última cena con sus apóstoles. Sentados a la mesa, el Señor "tomó el pan, pronunció la acción de gracias, lo partió, y lo dio a sus discípulos". Estos cuatro gestos son los que hacemos en la liturgia eucarística. Y aquí, la importancia del sacerdote es capital. Él hace lo que hizo Jesús y dice lo que dijo Jesús. Es otro Cristo. Diréis que esto es muy grande. Y tenéis razón. Ser sacerdote es algo muy grande. Por eso los que han sido llamados por el Señor con esta vocación dan continuas gracias a Dios.
Tomó el pan
El diácono -o el mismo presidente- prepara el altar. En las fiestas importantes, algunos miembros de la comunidad llevan en procesión el pan y el vino para la Eucaristía. El sacerdote lo acoge, puesto que él es un servidor del pueblo de Dios, de la comunidad. También, a veces, en este momento se presenta lo que se ha recogido para los hermanos que sufren la pobreza, para significar que la Eucaristía nos tiene que mover a la caridad sincera y generosa. A continuación, cuando el pan y el vino -mezclado con un poco de agua, como hizo Jesús- están ya preparados, el sacerdote toma primero uno y luego otro y, en silencio, dice una oración a Dios; algunos días solemnes, perfuma también esos dones con el incienso, así como el altar, la asamblea, y él mismo. Todos unidos como una sola cosa en torno al altar. Terminado este rito, el sacerdote se lava las manos. No porque las tenga sucias, sino para acompañar con este rito una oración pidiendo a Dios que perdone sus pecados, porque se dispone a comenzar la gran oración de la
Iglesia. Así se prepara. El agua que limpia las manos es una imagen de la gracia de Dios que purifica su corazón. Con estas palabras y estos gestos hemos desarrollado la primera frase: "Tomó el pan". Pronunció la acción de gracias (1) Ahora comienza la plegaria eucarística, el punto culminante de toda la misa. En ella el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Se comienza con un diálogo entre el sacerdote y la comunidad: "El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu ". Luego invita a todos a levantar los corazones a Dios, a no pensar en nada más que en lo que va a suceder ahora; por eso dice: "Levantemos el corazón ". Y todo el mundo responde: "Lo tenemos levantado hacia el Señor". Finalmente, invita a toda la asamblea a rezar con él: "Demos gracias al Señor nuestro Dios ", y todo el mundo contesta: "Es justo y necesario". De esta manera, con este diálogo, todos nos damos cuenta de la importancia de lo que ahora vamos a hacer y de que no se trata de algo privado del sacerdote, sino de toda la comunidad. Todos tenemos que participar muy activamente.
Pronunció la acción de gracias (2) Después del diálogo introductorio, el sacerdote proclama el prefacio. Con él da gracias a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros, por nuestra salvación. Son unas palabras muy alegres, solemnes, que ponen a toda la comunidad en una actitud de
verdadera alegría cristiana. De ahí que, los domingos y días de fiesta, sea tan adecuado que el sacerdote lo cante. Este texto termina con el canto, por parte de toda la comunidad, del Santo, santo, santo. Con estas palabras nos damos cuenta de que la oración nos ha situado en
presencia de la majestad de Dios, e imitamos a los ángeles y los santos que, en el cielo, adoran y alaban al Señor sin cesar y son felices eternamente.
Alrededor del altar de la tierra, saboreamos ya la alegría del cielo, donde veremos a Dios cara a cara y nuestra alegría será inmensa, para siempre.
Pronunció la acción de gracias (3) Después del Santo, santo, santo, prosigue la plegaria, y es entonces cuando el sacerdote invoca al Espíritu Santo sobre el pan y el vino, y a continuación repite las palabras de Jesús en la última cena: "Tomad y comed todos de él, porque esto es mi
Cuerpo... Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre...". A partir de este momento el pan ya es el Cuerpo de Cristo, y el vino su Sangre, y el sacerdote los muestra a la comunidad para que todo el mundo pueda ver y adorar en el fondo de su corazón la presencia del Señor.
Terminada la consagración, toda la asamblea proclama el misterio de la fe que allí se ha realizado, aclamando (cantándolo, si es posible): "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Luego, el sacerdote recuerda esa muerte y resurrección de Jesús, ofrece al Padre "el pan de vida y el cáliz de salvación", y pide que el Espíritu Santo (el mismo que acaba de consagrar el pan y el vino) una en un solo cuerpo a todos los que participarán de él.
Pronunció la acción de gracias (y 4) Esta gran plegaria de acción de gracias llega ya a su conclusión. El sacerdote recuerda a los vivos, especialmente el Papa y el propio obispo, a los que están en la Iglesia en este momento y a los ausentes, pidiendo la intercesión de los santos; y también pide por los difuntos, para los que suplica la luz de la mirada de Dios. Y seguidamente, el sacerdote toma la patena con el Cuerpo del Señor, y el cáliz con su Sangre, y, elevándolos a la vista de todos, acaba la oración al Padre proclamando: "Por Cristo, con él y en él, a ti. Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos". Y toda la comunidad, a una sola voz, dice el Amén que acaba la plegaria eucarística. Una palabra muy breve, pero muy importante porque es toda una profesión de fe y una adhesión a lo que el sacerdote ha dicho. Por eso hay que decir ese Amén en voz alta y clara. Este Amén comunitario concluye la oración principal de la misa, en la que el pan y
el vino se han convertido en Cuerpo y Sangre de Cristo. Así estamos ya en disposición de comulgar. Con estas palabras y estos gestos hemos desarrollado la frase "Pronunció la acción de gracias".
Lo partió
Sobre el altar se ha realizado el mayor milagro: el pan y el vino se han convertido en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Ahora nos disponemos a participar de él en la comunión. Por eso nos preparamos rezando el Padrenuestro; ahí pedimos que el Señor nos dé hoy el pan de cada día, que aquí se refiere a la Eucaristía, y que nos perdone las culpas, de modo que podamos comulgar como es debido, alejados del pecado. Y aún, para mostrar que tenemos en nuestro corazón sentimientos de paz y de perdón, intercambiamos, unos con otros, un gesto de paz. Es muy importante recordar en este momento que no podemos celebrar la Eucaristía si no tenemos la caridad en nosotros; que no podemos acoger a Cristo presente en el pan y el vino consagrados y, al mismo tiempo, rechazar a Cristo presente en los hermanos. Este rito -realizado con respeto y sencillez, con los que tenemos al lado- nos lo recuerda y lo
quiere manifestar. Después de esto, el sacerdote realiza el importante gesto del Señor de partir el pan. Hay que estar atentos, y no distraerse con nada ni con nadie. Mientras cantamos la letanía "Cordero de Dios", miramos cómo es roto el Cuerpo de Cristo, como un día fue también "roto" en la cruz. Este gesto con razón impresionaba a los primeros cristianos, hasta el punto de que llamaban a toda la celebración "la fracción del pan". También
nosotros, cuando el sacerdote parte el pan, vemos en este gesto a Cristo que da su vida para la salvación de todos los hombres.
Y lo dio a sus discípulos: la comunión Hemos llegado al momento de la comunión. El sacerdote muestra el pan consagrado y partido a la comunidad, y dice: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los llamados a la mesa del Señor. Y toda la asamblea contesta: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Fijémonos que ahora hablamos en singular. No decimos "no somos
dignos", sino "no soy digno", ya que en la comunión el Señor se nos da a cada uno, personalmente. El sacerdote, entonces, comulga y, seguidamente, hace lo que hizo el Señor: dar el pan consagrado a los discípulos, diciendo a cada uno: El Cuerpo de Cristo. Y cada uno contesta: Amén. Este Amen es también muy importante. Lo que hemos dicho antes era comunitario, ahora lo pronuncia cada uno. La fe en Cristo es al mismo tiempo personal y comunitaria. Y eso en la misa se ve muy bien. Y lo mismo hacemos también si se nos da a comulgar el cáliz. Hemos desarrollado ya los cuatro momentos de toda la liturgia eucarística. Después de comulgar, en un breve momento de silencio, cada uno agradece en su interior que
el Señor haya querido venir a nuestra casa, es decir, a nuestra vida.
d) Nos Despedimos
Cuando ha terminado la comunión, el sacerdote vuelve al altar, o a la sede, y desde allí pronuncia la última oración. Luego bendice a todos invocando a la Santísima Trinidad, mientras hace la señal de la cruz, y luego el diácono -o el mismo sacerdote- despide a la asamblea: "Podéis ir en paz". Con ello se quiere significar que la celebración ha terminado, y que tenemos que llevar a nuestra actividad de cada día todo lo que hemos visto y oído: la Palabra de Dios y la Eucaristía. Y para recibir ayuda y fortaleza para vivir evangélicamente se nos da la bendición. Cada uno sale de la iglesia con el corazón renovado, y con más ganas de ser como Jesús, muy fieles a la voluntad de Dios, más creyentes y más capaces de amar como
el Maestro nos ha enseñado con sus palabras y su ejemplo. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos", dice Jesús.
En la misa renovamos sacramentalmente esta entrega que hizo Jesucristo de su Vida por nosotros, sus amigos. ¡Cómo nos ama Dios!
ACTIVIDAD:
OBJETIVO DE CONOCIMIENTO: Resumir de manera general las distintas presencias de Jesús resaltando la de la Eucaristía.
OBJETIVO DE ACTITUD: Redescubrir la presencia de Jesús Eucaristía y darlo a conocer.
TRAS LA PISTA: Juego del escondite.
BUENA NOTICIA: Los discípulos de Emaús. Lc. 24, 13-35
ME PONGO AL DÍA: Cuando jugamos al escondite tratamos de buscar pistas y de sorprender a los amigos, sabemos que está, aunque no lo veamos pero seguimos buscando hasta encontrarlo. Jesús también juega al escondite, no lo vemos como lo vieron sus amigos los apóstoles, pero sí sabemos que está entre nosotros. Él mismo nos da la pista, ¿donde encontraremos muchas cosas sobre la vida de Jesús?... suspenso... EVANGELIO
- Leer aquí el texto de Lc. 24,13-35, hacerlo con expresividad especialmente en los diálogos. Sería conveniente que lo representen como teatro.
· ¿Por qué estaban tristes los discípulos?
· ¿Por qué no reconocieron a Jesús?
· ¿Qué hace Jesús al cenar con ellos?
· ¿Por qué desaparece de su vista?
Jesús quería vivir siempre con sus amigos, por eso después de la Resurrección se quedó con ellos. Está vivo entre nosotros y no lo reconocemos, eso le pasó a los discípulos de Emaús. Jesús al partir el pan, como hizo otras veces, les dió a entender que su presencia a partir de ese momento sería de otra manera. Ahora comenzaría el juego del escondite. Él nos hablo de varias maneras de estar entre nosotros, ¿lo recordamos?. Lo encontramos en:
1. LA ESCUCHA DE SU PALABRA (Salmo 118)
2. LA COMUNIDAD o CUANDO NOS REUNIMOS EN SU NOMBRE: (Mt 18-20)
3. EN TODAS LAS PERSONAS (en especial los mas necesitados): Mt. 25,37-40
4. EN LA EUCARISTiA: Jn. 6,56-57 (presencia por excelencia)
Cuando pensamos en alguien la hacemos presente en el corazón, esa persona está cerca aunque no físicamente pero
mucho más nos gusta tenerla presente estar con esa persona para hablar, reír o jugar con ella. Después de su resurrección, Jesús eligió quedarse para siempre entre nosotros de una manera especial (Mt. 20,28)así lo hemos visto en estas cuatro presencias, pero recordemos..., en la Eucaristía Jesús está realmente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, esto es ¡maravilloso!, porque nos AMA.
Para reforzar lo aprendido vean el esquema de la misa, y un mapa conceptual.
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